Mundo ficciónIniciar sesiónEl palpitar de su corazón resonaba con tanta fuerza que Annie sentía los latidos en sus propios oídos. Con los dedos aún temblando por la devastadora noticia que acababa de ver en el televisor de la habitación, había salido al pasillo del hospital en busca de una máquina expendedora. Necesitaba un café. Necesitaba calmarse antes de que su madre notara su pánico.
«Él va a creer que fui yo», pensaba una y otra vez, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta. La máquina dejó caer el vaso de cartón con un golpe sordo, pero antes de que pudiera tomarlo, el ambiente alrededor se volvió gélido. Annie alzó la vista y el corazón se le detuvo por completo. Dos hombres corpulentos, vestidos con trajes oscuros, habían bloqueado silenciosamente ambos extremos del pasillo de la clínica. Y avanzando por el centro, caminando con la letal seguridad de un depredador a punto de abalanzarse sobre su presa, estaba él. Ian Winchester. Si Annie ya estaba asustada, ver la imponente figura del magnate acortar la distancia la dejó sin aire. Se había quitado la corbata, llevaba el primer botón de la camisa desabrochado y su cabello oscuro estaba ligeramente desordenado, como si se hubiera pasado las manos por él en un arranque de desesperación. Pero fueron sus ojos los que la paralizaron: había una ira ciega e indomable en sus pupilas zafiro. Instintivamente, Annie retrocedió un paso, pero su espalda chocó de inmediato contra el metal frío de la máquina expendedora. Estaba atrapada. Ian no se detuvo hasta que la punta de sus zapatos italianos rozó los desgastados tenis de ella. Sin darle tiempo a reaccionar, plantó ambas manos a cada lado de su cabeza, apoyándolas con violencia contra la máquina. El impacto sordo del metal vibrando a sus espaldas la devoró por dentro. —¿Cuánto te pagaron? —siseó él. Su voz era un latigazo lleno de odio, una acusación directa que la hizo estremecer—. Dímelo de una maldita vez, Annie. ¿Cuánto costó mi cabeza? —Yo... yo no fui —tartamudeó ella, encogiéndose, sintiendo el calor abrasador que emanaba de la furia del hombre envolverla por completo. —¡No me mientas! —gruñó Ian, rompiendo toda formalidad y acercando su rostro hasta que sus narices casi se rozaron. Su perfume costoso inundó los sentidos de Annie, mientras el miedo la sometía—. ¿Creíste que no te encontraría? ¿Creíste que detrás de ese patético gafete de la agencia Fitzwilliam ibas a salirte con la tuya? Conozco tus cuentas, Rothschild. Sé que estás ahogada en deudas y sé que tu madre se está muriendo a diez metros de aquí. La mención de su madre fue como un golpe bajo. El miedo paralizante de Annie se fracturó en un segundo, dejando paso a una ardiente oleada de indignación. ¿Cómo se atrevía a usar el dolor de su familia en su contra? No solo había investigado su vida privada, sino que venía a culparla de una traición que ella no había cometido. De repente, el terror se esfumó. Annie apretó los puños y, reuniendo un valor que no sabía que poseía, empujó con ambas manos el fornido pecho del millonario. No logró moverlo ni un milímetro, pero el audaz gesto descolocó a Ian. —¡Le dije que yo no fui! —siseó ella con los ojos inyectados en lágrimas de rabia, sosteniéndole la mirada fija—. ¡Si yo quisiera su maldito dinero, lo habría chantajeado directamente a usted! ¡Lo habría amenazado a la cara! ¿Qué sentido tiene vender un chisme a la prensa por unos miles de dólares cuando pude pedir millones? ¡Use la lógica, señor Winchester, no soy idiota! Ian apretó la mandíbula. La implacable furia de sus ojos titubeó por un microsegundo; las palabras de la chica tenían un sentido cruel e innegable. Antes de que pudiera replicar, el teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta comenzó a vibrar con insistencia. Sin apartar su mirada asesina de Annie, Ian contestó con un movimiento brusco y activó el altavoz. —¿Qué pasa, Christopher? —bramó. —*Señor...* —la voz de su asistente sonó rota y apresurada—. *Acabo de recibir el informe de la filtración completa. No es un simple rumor de pasillo. Enviaron el expediente médico encriptado de su clínica privada a los medios. Escáneres pulmonares, análisis de sangre de los últimos cinco años, firmas de sus especialistas... todo. Alguien hackeó los servidores de la familia.* Un silencio sepulcral se tragó el pasillo. Ian cortó la llamada lentamente, sin bajar el teléfono. Su mente calculadora trabajó a la velocidad de la luz, atando cabos. Ella no había sido. Miró de nuevo a la chica que temblaba bajo su cuerpo. Annie Rothschild era una simple empleada menor; la noche de la gala solo había visto a un hombre asfixiándose y un trozo de plástico. Era médicamente imposible que ella tuviera acceso a archivos encriptados de hace cinco años. El traidor no estaba afuera. Estaba en su propio círculo íntimo. Su propia sangre lo había apuñalado por la espalda para arrebatarle la silla de CEO. Ian dio un paso atrás, liberando a Annie de su asfixiante cercanía. Ella dejó escapar un suspiro profundo, llevándose una mano al pecho para intentar calmar sus latidos. —Tenías razón —murmuró Ian, aunque su tono seguía siendo peligrosamente frío—. No fuiste tú. —Se lo dije —replicó Annie con la voz rota, frotándose los brazos, sintiéndose repentinamente exhausta—. Ahora, si me disculpa, mi madre me necesita. Dio un paso para esquivarlo, pero Ian se interpuso en su camino. No se movió. Se quedó de pie en medio del pasillo, con la mirada fija en la puerta de la habitación donde descansaba la madre de la joven. Su mente, siempre diez pasos por delante de los demás, acababa de encontrar la maniobra magistral para salvar su imperio. En veinticuatro horas, la junta directiva usaría su enfermedad para destituirlo, alegando que un líder asmático era "inestable" para los inversionistas. Sus visitas secretas al hospital serían su tumba. A menos que... esas visitas no hubieran sido por él. —Espera —ordenó. Annie se detuvo en seco, girándose con profunda desconfianza. —¿Qué quiere ahora? Ya sabe que soy inocente, déjeme en paz. Ian acortó la distancia entre ellos en dos zancadas. La escaneó de arriba abajo, evaluándola ya no como una enemiga, sino como el activo más valioso de su carrera. —La junta pedirá mi cabeza mañana a primera hora —declaró él, con una calma que resultaba aterradora—. Necesito una cortina de humo. Una razón irreprochable por la cual he estado visitando este hospital en secreto, evadiendo a la prensa y actuando de manera errática. Annie frunció el ceño, sintiendo una punzada de alarma al ver la peligrosa chispa que se encendía en los ojos del magnate. —No entiendo de qué habla. Y no me interesa. Ian hizo un ligero movimiento de cabeza hacia la habitación de la madre de Annie. —Las filtraciones dicen que pasé semanas metido en clínicas. Diré que es verdad. Pero diré que no era por mi salud. Anunciaré que el implacable Ian Winchester estuvo visitando los pabellones de oncología para apoyar a la mujer que ama, mientras su madre libra una batalla contra el cáncer. El aire abandonó los pulmones de Annie por segunda vez en la noche. —¿Qué... qué está diciendo? Esto es una locura. Los ojos oscuros de Ian Winchester se clavaron en los de ella. En ese instante, despojado de su habitual frialdad corporativa, parecía un hombre desesperado y brillante, dispuesto a todo por no perder el trono. Y ella era su única salida. —Hablo de que no me vendiste a la prensa, Annie, pero ahora me vas a salvar de ella —sentenció él, dándole una sonrisa amarga y carente de piedad—. Prepárate, porque te acabo de convertir en mi prometida. Mañana firmamos el contrato de matrimonio. Annie se quedó completamente paralizada, con el mundo girando al revés y los ojos abiertos de par en par, intentando procesar aquel absoluto disparate. Un disparate que, por el brillo implacable en los ojos del CEO, sabía que no iba a poder rechazar.






