03

Sintió el palpitar de su corazón acelerado hasta en sus oídos. Annie tembló sin poder evitarlo. Con los dedos aún temblando por la noticia que acababa de ver en televisión, fue por un café a la máquina expendedora. Necesitaba calmarse.

Él creerá que fui yo, pensaba, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta.

La máquina dejó caer el vaso de cartón, pero antes de que pudiera tomarlo, algo la detuvo.

Annie alzó la vista y el corazón se le paró. Dos hombres vestidos con trajes oscuros habían bloqueado silenciosamente los extremos del pasillo. Y avanzando por el centro, caminando con la seguridad de un depredador a punto de abalanzarse sobre su presa, estaba él. Ian Winchester.

Si ella estaba completamente asustada, ahora que veía a ese hombre imponente cerca de ella, sentía que la letalidad de su mirada la había alcanzado. Él, se había quitado la corbata, llevaba el primer botón de la camisa desabrochado y su cabello oscuro estaba ligeramente desordenado, como si hubiera pasado las manos por él con desesperación. Pero fueron sus ojos los que paralizaron a Annie; había ira en sus zafiros.

Annie instintivamente retrocedió un paso, pero su espalda chocó de inmediato contra la máquina expendedora. Estaba atrapada. Ian no se detuvo hasta que la punta de sus zapatos italianos rozó los gastados tenis de ella. Plantó ambas manos a cada lado de la cabeza de Annie, apoyándolas con violencia contra el metal de la máquina. El impacto que provocó la devoró por dentro.

—¿Cuánto te pagaron? —su voz estaba llena de odio y rabia en medio de una acusación directa—. Dímelo, maldita sea. ¿Cuánto costó mi cabeza?

—Yo... yo no fui —tartamudeó Annie, encogiéndose, sintiendo el calor abrasador de la furia del hombre envolviéndola.

—¡No me mientas! —gruñó Ian rompiendo formalidades, acercando su rostro hasta que sus narices casi se rozaron. El olor a colonia cara inundó los sentidos de Annie, mientras que el miedo la sometió—. ¿Creíste que no te encontraría? ¿Creíste que porque vi tu patético gafete de la agencia Fitzwilliam ibas a salirte con la tuya? Conozco tus cuentas, Rothschild. Sé que estás ahogada en deudas. Sé que tu madre se está muriendo a diez metros de aquí.

La mención de su madre fue como un latigazo. El miedo paralizante de Annie se fracturó, dejando paso a una ardiente reacción llena de indignación. ¿Cómo se atrevía a usar el dolor de su familia en su contra? Él era un insensible, encima de averiguar sobre ella, se atrevía a culparla de algo que no tenía que ver con ella.

De repente, el terror se esfumó. Annie apretó los puños y, reuniendo un valor que no sabía que tenía, empujó con ambas manos el fornido pecho de Ian. No logró moverlo ni un milímetro, pero el gesto lo descolocó.

—¡Le dije que yo no fui! —siseó ella, con los ojos llenos de lágrimas de rabia, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. ¡Si yo quisiera su maldito dinero, lo habría chantajeado directamente a usted! ¡Lo habría amenazado! ¿Qué sentido tiene vender un chisme a la prensa por unos miles de dólares? ¡Use la lógica, señor Winchester, no soy idiota!

Ian apretó la mandíbula, pero la furia en sus ojos titubeó por unos segundos. Sus palabras tenían un sentido cruel e innegable. Antes de que Ian pudiera replicar, el teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta comenzó a vibrar con insistencia. Sin apartar la mirada asesina de Annie, contestó, poniéndolo en altavoz a baja volumen.

—¿Qué pasa, Christopher? —bramó. La voz de su asistente sonó tensa y apresurada al otro lado de la línea.

—Señor, acabo de recibir la filtración completa que enviaron a la prensa. No es solo un rumor. Han enviado su expediente médico completo de la clínica privada. Escáneres pulmonares, análisis de sangre de los últimos cinco años, firmas de sus especialistas... todo. Alguien accedió a los servidores encriptados de la familia.

El silencio lo envolvió todo. Ian cortó la llamada lentamente. Su mente, corría veloz atando dentro de su cabeza, que alguien más lo hizo. En efecto ella no fue.

Bajó la mirada hacia la chica temblorosa frente a él. Annie Rothschild era solo una empleada menor. La noche de la gala, ella solo había visto a un hombre asfixiándose y un simple inhalador. Era imposible, médicamente imposible, que ella tuviera acceso a expedientes privados de hace cinco años.

El traidor no era ella. Era alguien de su círculo íntimo. De seguro su propia familia lo había apuñalado por la espalda para arrebatarle la silla de CEO. Ian retrocedió un paso, liberando a Annie de sus brazos. La chica dejó escapar un suspiro profundo, mientras trataba de calmar sus latidos.

—Tenías razón —murmuró Ian, aunque su tono seguía siendo frío—. No fuiste tú.

—Se lo dije —replicó Annie, frotándose los brazos, sintiéndose repentinamente exhausta—. Ahora, si me disculpa, mi madre me necesita.

Annie dio un paso para marcharse, pero Ian no se movió. Se quedó de pie en medio del pasillo, con la mirada perdida en la puerta de la habitación, donde seguro descansaba la madre de la chica. Su mente, siempre diez pasos por delante, acababa de encontrar una salida. Una maniobra magistral.

En veinticuatro horas, la junta directiva usaría la enfermedad para destituirlo, alegando que era "inestable" y que ocultaba información a los accionistas. Las visitas médicas secretas serían su tumba. A menos que... a menos que esas visitas al hospital no hubieran sido por él.

—Espera —ordenó. Annie se detuvo en seco, girándose con recelo.

—¿Qué quiere ahora? Ya sabe que soy inocente.

Ian acortó la distancia entre ellos en dos zancadas. La miró de arriba abajo, evaluándola no como una amenaza, sino como un activo invaluable.

—La junta pedirá mi cabeza mañana a primera hora. Necesito una cortina de humo. Una razón irreprochable por la cual he estado visitando hospitales en secreto, evadiendo a la prensa y pareciendo... inestable.

Annie frunció el ceño, su mente empezó a hilar la peligrosa idea que se estaba formando en la cabeza del magnate.

—No entiendo. Y no quiero saberlo.

Ian señaló con un ligero movimiento de barbilla hacia la habitación de la madre de Annie.

—Las filtraciones de la prensa dicen que estuve en hospitales. Diré que es cierto. Pero diré que no fue por mí. Diré que estaba aquí, en los pabellones de oncología, apoyando a la mujer que amo mientras su madre libra una batalla contra el cáncer.

El aire abandonó los pulmones de Annie.

—¿De qué está hablando?

Los ojos oscuros de Ian Winchester se clavaron en los de ella, parecía un desquiciado, sí, era un lunático en aprietos y ella su presa.

—Hablo de que no me vendiste a la prensa, Annie. Pero ahora mismo, vas a ser mi coartada. Prepárate, porque te acabo de convertir en mi prometida.

Ella se paralizó, su mundo de cabeza y sus ojos abiertos de par en par, intentando procesar su locura.

Un disparate, sí, era un disparate.

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