04

En un parpadeo tiró de ella a un lugar más alejado de los demás, ella rugió reaccionando de forma tardía.

Ian se pasó la mano por la cabeza, dejando escapar un suspiro largo. No podía irse sin conseguir que ella cediera. Estaba atrapado y no veía otra brillante salida que esa.

—La junta directiva se reúne mañana a las ocho de la mañana para destituirme —comenzó Ian, su tono de voz ahora era bajo, casi conversacional, lo cual lo hacía aún más intimidante—. Usarán mis visitas médicas secretas como prueba de que soy inestable. Necesito que esas visitas tengan otro motivo.

Annie, aún con la respiración agitada por todo aquel enredo, se cruzó de brazos, a la defensiva. No iba a permitir que ese hombre se saliera con la suya.

—Señor Winchester, creo que no lo entiende. No tengo nada que ver con sus problemas. Puede ir y pedírselo a alguien más. No cuente conmigo y asuma la realidad.

—¿Por qué alguien más si estás tú? —Ian dio un paso lento hacia ella, la mujer tembló, realmente estaba nerviosa hasta la médula —. Necesito a alguien cuya madre esté en el pabellón de oncología, eres perfecta para esto.

El estómago de Annie dio un vuelco violento. Retrocedió hasta chocar con el respaldo de una silla de plástico.

—No. Ni se le ocurra. No voy a usar la enfermedad de mi madre para sus juegos de relaciones públicas. Es usted un ser despreciable —gruñó a punto de irse.

Ian no se inmutó ante el insulto. Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, sacó su teléfono y se lo mostró. En la pantalla apareció el expediente médico de la madre de Annie, aquello la dejó fría, significaba que ese hombre sabía mucho de ella.

—¿Qué clase de persona es? ¿Por qué sabe de esto? Ha estado vigilandome...

—Con un chasquido de dedos obtengo lo que quiero, Annie —pronunció su nombre de una forma que erizó su espalda.

—Pero no obtendrá nada de mí.

Él bufó ante su terquedad.

—No te pido que lo hagas por mí, Annie. Te pido que lo mires con la cabeza fría —soltó él, peligrosamente persuasivo—. El cáncer de tu madre está avanzando. El tratamiento que recibe en este hospital es estándar, deficiente. Estás ahogada en deudas y tu sueldo de asistente en Fitzwilliam apenas cubre los calmantes. En tres meses, se quedarán sin opciones.

Las palabras de Ian fueron un recordatorio de la cruel realidad. Annie apartó la mirada, sintiendo que las lágrimas le quemaban la garganta. Quería gritarle, quería abofetearlo, pero todo lo que él decía era la absoluta y aterradora verdad.

—¿De verdad ayudará a mi madre? ¿lo hará?

—Sé mi prometida falsa y cumpliré mi promesa—continuó Ian, acortando la distancia hasta quedar a un paso de ella—. Finge ser mi prometida por un año y a cambio, esta misma noche tu madre será trasladada a la mejor clínica. Incluso traeré a los mejores especialistas de Europa si es necesario. Pagaré todo, incluyendo las deudas que tu padre les dejó. ¿No es un buen trato?

Ella volvió a sorprenderse, él lo sabía todo. Aquello era escalofriante, pero su propuesta apagaba toda sorpresa que aquel sujeto sabía sobre ella.

Annie cerró los ojos y varias lágrimas saltaron a la vista. Era un trato con el diablo. Annie sentía su dignidad por el suelo, quería huir, pero pensaba en su madre postrada, en el dinero que se esfumaba y la presión por hacer algo más por ella tomaba la delantera. Ian no presionó, se quedó allí haciendo lo mejor que sabía, observar y darse cuenta que la balanza estaba por inclinarse.

—No habrá... no habrá más que esto, solo fingiré ser su prometida, nada más que eso —casi escupió —. De ninguna manera llevaré esta farsa al siguiente nivel.

Una comisura de los labios de Ian se elevó en una señal de victoria.

—Tienes mi palabra. Todo será estrictamente un negocio.

Annie tragó grueso y asintió lentamente.

—Entonces... tenemos un trato, señor Winchester.

Ian asintió. Se giró para irse, pero justo cuando Annie dio un paso hacia el pasillo, un flash los iluminó.

A varios metros de distancia, cerca de los ascensores de servicio, un hombre con una cámara profesional colgando del cuello se había colado burlando la seguridad. Un paparazzi de los tabloides que había estado cazando al CEO.

El instinto de Ian fue más rápido que el de Annie. Sabiendo que esa foto iba a estar en internet en menos de cinco minutos, decidió que él controlaría la situación. 

—Cierra los ojos y sígueme la corriente —murmuró Ian rápidamente.

Antes de que Annie pudiera reaccionar, Ian la tomó por la cintura, tiró de ella y la acorraló con una lentitud que quemaba, contra la pared del pasillo. Con una mano, acarició su mejilla, ocultando gran parte del rostro de Annie de la lente del fotógrafo, pero dejando a la vista lo esencial: la figura de la mujer que el inalcanzable CEO sostenía entre sus brazos.

Ese parecía ser un buen título.

Ella tragó duro.

Ian inclinó la cabeza. Annie contuvo la respiración, paralizada. Él no la besó apasionadamente; fue un roce profundo y sorprendentemente cálido. Los labios de Ian presionaron los de ella lo suficiente para brindar una foto al idiota que lo siguió, un beso que a ella le envió una descarga eléctrica directa a la espina dorsal.

El fotógrafo tomó tres fotos más antes de que los hombres de seguridad de Ian aparecieran corriendo por las escaleras, persiguiéndolo.

Ian se separó lentamente de Annie. Ella tenía los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada. Él la miró a los ojos, otra vez volvía a tener esa cara seria, hermética y ojos fríos, aunque su voz sonó un poco más ronca de lo normal.

—La mentira acaba de empezar, Annie —señaló haciendo que su cuerpo se tensara, algo más, como un manto de sensaciones extrañas se apropiaron de su ser.

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