El primer indicio de que algo estaba mal no fue el sonido del oxígeno, sino el silencio entre cada respiración.
Selina estaba sentada junto a la cama de su madre, con la espalda rígida y las manos entrelazadas, observando el pecho de Elara subir, bajar y subir, demasiado lento.
Elara tenía la mascarilla puesta, el tubo transparente conectando su rostro cansado con la bombona que descansaba a un costado de la cama.
El sonido del flujo era constante, mecánico, casi tranquilizador, si uno no sa