Selina llevaba horas despierta cuando Mara entró en la pequeña choza para verla, no era que tenía insomnio, ni tampoco ansiedad.
Era que Selina tenía esa sensación incómoda y persistente en su pecho, de que su cuerpo sabía algo que su mente aún no lograba alcanzar.
Desde hacía días todo en ella se sentía desmoronado, sus intentos por controlar la energía que venía de ella, fallaban una y otra vez.
Algunos intentos tenían demasiado impulso, otros demasiado cortos, otros respondían de forma t