La prisión estaba en silencio, Ares estaba sentado contra la pared de piedra, con la espalda recta a pesar del dolor y la respiración controlada a fuerza de voluntad.
El lobo dentro de él seguía dormido a medias, no por cansancio, sino por la magia de las runas que lo oprimía desde la carne hacia adentro.
Del otro lado de la celda, Leo estaba acostado, descansando.
Ares la sintió acercarse antes de oírla, sintió su olor y su aura, ella ya no emanaba rabia, ni miedo, sino ambición.
Los pasos