El amuleto volvió a sonar y esta vez no fue un tintineo suave, fue un choque seco entre los cristales, como si algo invisible los hubiera empujado desde afuera con impaciencia.
Selina se quedó inmóvil, Elara también, ellas nunca antes habían visto algo como eso.
El aire dentro de la casa cambió de golpe, se volvió espeso, pesado, como si la habitación hubiera encogido unos centímetros.
Selina sintió un leve ardor en la marca y la presión en el vientre se hacía más persistente, no era dolor,