Yago, aún sintiendo el escozor fantasmal de la bofetada de su madre y el peso innegable de su ultimátum, se recompuso con una velocidad asombrosa, un testimonio de su disciplina y resiliencia. El brillo fugaz de la sonrisa de Nant, el calor reconfortante del abrazo de Theresia un momento antes, ahora contrastaban brutalmente con la fría realidad de la situación que enfrentaba: un escándalo que amenazaba con devorar no solo su reputación, sino los cimientos mismos de su imperio. Había sido una r