Nant exhaló un suspiro profundo, sintiendo cómo el peso de la inesperada responsabilidad comenzaba a disiparse lentamente. Albert, con su impecable presencia y serenidad, había sido su salvador en aquel momento abrumador. Sus palabras, firmes y claras, habían puesto orden en el caos y le habían devuelto la confianza que parecía haberse escapado.
—Gracias, Albert —dijo Nant con una sonrisa sincera, sus ojos reflejando alivio—. De verdad, me salvaste en ese instante. No sabía qué decir ni cómo re