La presencia de Nant era un bálsamo inesperado para Yago. Sus palabras, la confesión de su viaje y el uso de la tarjeta, lo hicieron sonreír genuinamente por primera vez en horas.
—No te preocupes por nada de eso, Nant —dijo Yago, dando un paso más cerca de ella, la voz suave y reconfortante—. Para eso te di la tarjeta. Y si llamaste a Carlos, hiciste lo correcto. No tenías por qué disculparte. Me alegro de que estés aquí.
Su mirada, aunque aún cansada, reflejaba una profunda gratitud. Luego, l