La petición de Yago a Albert fue una chispa. No una cualquiera, sino una que encendió fuego en el rostro de Nant y un torbellino en su interior. Mientras el mayordomo asentía con su acostumbrado aplomo a la sorpresiva orden de llevar las pertenencias de Nant a la recámara de Yago, ella sintió el rubor subir desde su cuello hasta las mejillas, expandiéndose como una llamarada suave pero imparable. Cada célula de su cuerpo entendió lo que eso significaba. No era solo una decisión práctica. Era un