El dulce aroma del té de manzanilla y las galletas caseras guió a Yago por el pasillo como si un hilo invisible lo arrastrara con suavidad. Sus pasos eran lentos, casi arrastrados, no solo por el cansancio físico que lo invadía, sino también por la inercia emocional de un día devastador. A esas alturas de la noche, lo único que deseaba era silencio. Paz. Un rincón donde soltar el peso de todo lo que lo acechaba.
Alzó la vista, esperando encontrarse con la presencia discreta de Albert, o en su d