Mientras Albert se movía con la eficiencia silenciosa que lo caracterizaba, Yago permanecía en el recibidor, detenido por una mezcla de agotamiento físico y una sensación inesperada. Se había quitado el saco, lo había dejado colgado cuidadosamente sobre el respaldo del sillón más cercano, y se aflojaba la corbata como si fuera una soga que lo hubiese estado asfixiando durante todo el día. Pero algo más lo hizo detenerse.
Un aroma.
No era el familiar olor metálico del estrés que solía llevar peg