El rugido de Yago se apagó, dejando en la Suite Imperial un silencio absoluto, solo roto por las respiraciones entrecortadas y pesadas de ambos. El mundo exterior, con sus contratos, sus guerras corporativas y sus padres manipuladores, había dejado de existir. En ese momento, en esa cama revuelta y húmeda, solo existía la realidad biológica y espiritual de lo que acababan de consumar.
Yago permaneció sobre Alina durante unos minutos, con su peso muerto aplastándola de una manera que a ella le pareció extrañamente reconfortante, como una manta de plomo que la protegía de todo. Tenía el rostro escondido en el hueco del cuello de ella, respirando el aroma de su sudor y su perfume desvanecido.
Alina, por su parte, miraba el techo con los ojos desenfocados. Sentía el cuerpo laxo, como si le hubieran quitado los huesos. En su interior, la sensación de plenitud persistía, una mezcla de dolor sordo por la ruptura de su virginidad y una satisfacción viscosa y caliente que la llenaba por comple