El ascenso en el elevador privado fue una experiencia de silencio calibrado. La cabina, revestida de paneles de madera oscura y espejos ahumados, subía los cuarenta pisos con una suavidad tal que la única prueba del movimiento era el cambio de presión en los oídos.
Dentro de ese cubo hermético, tres de las personas más poderosas de la industria de la construcción en México compartían un espacio reducido. Yago estaba parado cerca del panel de control, con una postura relajada pero alerta, irradi