Viktor Korályov sonrió ante la pregunta provocadora de Yago, pero fue una sonrisa puramente mecánica, una mueca de cortesía diplomática que no llegaba a sus ojos grises. Por dentro, la insinuación de "rendición" le había quemado como ácido. Su orgullo eslavo, forjado en historias de resistencia y sufrimiento generacional, se rebeló ante la idea de que un "nuevo rico" mexicano sugiriera que los Korályov podían doblar la rodilla.
El patriarca se inclinó ligeramente hacia adelante, fingiendo acomo