El silencio que siguió a la orden de Yago en el despacho blindado fue absoluto, un vacío acústico que contrastaba violentamente con la sirena que había aullado segundos antes. Durante unos instantes, el Titán de CIRSA se permitió cerrar los ojos y respirar profundamente, reorganizando su tablero mental. La adrenalina de la supervivencia, esa droga química que lo había impulsado a correr hacia el elevador temiendo por su vida, se disipó rápidamente. En su lugar, se asentó la frialdad calculadora