El interior de la camioneta blindada era un universo hermético, aislado del mundo exterior por capas de acero balístico y cristales de tres pulgadas de grosor. El ruido de la ciudad, los cláxones lejanos y el rumor del viento quedaron reducidos a un silencio sordo en cuanto las puertas se cerraron, dejando a Yago y a Belém envueltos en la atmósfera climatizada, con olor a cuero nuevo y a la locura que estaban a punto de cometer.
Yago conducía con una sola mano en el volante, la izquierda, guian