La resistencia de Yago, esa barrera de acero que solía interponer entre sus deseos y su autocontrol, se desmoronó finalmente en el interior de la cabina blindada. La combinación de la velocidad de la camioneta, las luces estroboscópicas de la ciudad pasando a través de los cristales y, sobre todo, la boca experta y devota de Belém, fue demasiada presión para un solo hombre.
—¡Belém! —gruñó Yago, sus manos apretando el volante con una fuerza que blanqueó sus nudillos, mientras su cadera se arque