El motor V8 de la camioneta blindada seguía ronroneando suavemente, una bestia mecánica de dos toneladas y media en reposo que vibraba casi imperceptiblemente bajo las manos de Yago del Castillo. Él permanecía inmóvil dentro de la cabina, atrapado en un limbo de indecisión que era ajeno a su naturaleza ejecutiva. Su dedo índice flotaba sobre el botón de encendido, dudando entre apagar el vehículo y bajar a reclamar lo que su soledad exigía con urgencia, o meter reversa, girar el volante y huir