El sol del domingo en Puerto Esmeralda se alzó con una clemencia inusual, brillando sobre las aguas del Golfo de México sin el calor sofocante y húmedo que solía aplastar el puerto durante la semana. Tras la tormenta emocional del sábado y la intensidad física de la madrugada —donde habían saciado su hambre de piel y reafirmado su pertenencia mutua—, Yago y Nant despertaron temprano.
No hubo prisas, ni alarmas estridentes de teléfonos corporativos, solo el ritmo natural de dos personas que sabe