La respiración de ambos llenaba la sala, pero Yago, insaciable y buscando llevar la situación al límite, detuvo sus movimientos por un instante. Su mirada, oscura y depredadora, se desvió hacia el suelo, donde yacían esparcidas las pertenencias de Belém. Allí, junto al bolso y la ropa formal, estaban sus zapatos: unos tacones de aguja negros, altos y afilados, que gritaban elegancia y peligro.
—Póntelos —ordenó Yago, señalando los zapatos con un gesto de cabeza, sin soltarla del todo.
Belém, at