Nant se detuvo frente a la imponente puerta del departamento de Yago, su mano levantada, a punto de presionar el timbre. El eco de las palabras del chofer resonaba en su mente, la oscura historia de Belem y el peso de su propia misión. Había respirado hondo, preparándose para el encuentro, para la tensión, para el dolor que seguramente embargaba a Yago.
Pero antes de que sus dedos rozaran el frío metal, la puerta se abrió. No hubo sonido de cerrojo, ni el crujido familiar de la madera. Simpleme