La suite privada del spa médico en Santa Fe estaba sumida en un silencio casi litúrgico, roto únicamente por el zumbido suave del calentador de cera y la respiración controlada de las tres mujeres presentes.
Para la enfermera y la esteticista, aquel momento era la rutina absoluta, la repetición mecánica de un oficio que habían perfeccionado hasta convertirlo en arte. Ellas no veían apellidos, ni imperios de la construcción, ni fusiones corporativas en la camilla. Habían realizado este mismo pro