Belém supo de inmediato que la vía de la confrontación estaba cerrada. La mirada inquebrantable de Javier, esa extraña mezcla de dolor honesto y voluntad férrea, le indicaba que su amenaza de divorcio no solo había fracasado, sino que había fortalecido la posición de su marido. No había espacio para la discusión ni para las lágrimas de cocodrilo; Javier había plantado bandera.
En ese momento de quiebre, Belém recurrió a la única herramienta en su arsenal que nunca le fallaba, la única que había