El comedor se había convertido en un campo de batalla donde Belém había ganado la tregua, pero no la guerra. Con un movimiento rápido, seductor y calculado, Belém agarró la mano de Javier y la guió. Primero, la presionó contra el escandaloso vestido, justo donde comenzaba el suave arco de su monte de Venus, un gesto que le robó el aliento. Luego, deslizó su mano por el contorno de su cadera, firme y curva.
Sin esperar respuesta, tomó la otra mano de Javier y colocó ambas firmemente en sus cader