Belém tomó una respiración profunda, la última bocanada de aire honesto que compartiría con Aria por el resto de la noche. Se secó con el dorso de la mano las últimas huellas de las lágrimas, el dolor y la confesión. Le dio a su hermana un abrazo rápido y fuerte, un nudo mudo de gratitud y desesperación.
—Gracias, Aria —murmuró, su voz todavía áspera, pero con un tono de finalidad.
Con una coreografía ensayada mil veces, se puso de pie frente al espejo. Sus manos temblaron ligeramente mientras