Después de que King terminara de hablar con los abogados, el despacho regresó a una calma superficial. Los murmullos de alivio y la renovada camaradería eran palpables, un zumbido de gratitud que resonaba en los pasillos. Pero para Belém, cada felicitación de sus colegas, cada sonrisa de aprobación, era un recordatorio silencioso de su humillación pública. Se sentía como una reina a la que le habían permitido conservar su trono, pero solo después de haber sido públicamente despojada de su coron