La noche había caído sobre la majestuosa mansión de los Castillo, una quietud tensa que seguía a la partida de Yago y al cansado retiro de Ludwig a sus aposentos. El eco de sus pasos había dejado un vacío en los pasillos de mármol, pero en la mente de Diana, no había espacio para la calma. El reloj en su mente no marcaba las horas de la noche, sino el clímax de una victoria que había planeado y cultivado durante años. Con una sonrisa triunfante, un brillo satisfecho en los ojos y una postura er