El silencio en el despacho de Ludwig Castillo era solo el eco de una verdad dolorosa y de un plan maquiavélico. Yago se quedó de pie, observando a su padre, un hombre que parecía haber envejecido diez años en los últimos diez minutos. La expresión de Ludwig, una mezcla de traición, dolor y una nueva y fría sospecha, era una imagen que Yago no olvidaría. El puro, que había caído al suelo, era el símbolo de un imperio que se estaba desmoronando desde dentro.
De repente, el sonido de la puerta al