El eco de las palabras de Yago flotaba en el aire del despacho de Ludwig Castillo, pesadas como plomo. La revelación de la estrategia de Diana, su plan de manipular el legado familiar, había dejado a Ludwig en un estado de shock. Se sentía traicionado, desilusionado, pero al mismo tiempo, una nueva emoción se apoderaba de él: un profundo respeto por la astucia de su hijo. Yago, el joven que había sido subestimado, se había convertido en el guardián de la familia.
Yago, sin inmutarse, se mantuvo