El aire en el despacho de Ludwig Castillo estaba cargado con el aroma a puro de tabaco añejo y la frescura que entraba por las ventanas abiertas. Los dos hombres se sentaron en sus sillones, uno frente al otro, el ajedrez de Fabergé brillando en el centro de la mesa. Las piezas de oro, diamantes y esmalte parecían cobrar vida bajo la luz de la lámpara. Era más que un juego; era un duelo de voluntades, un ritual sagrado que solo ellos dos compartían.
Ludwig estiró ambos brazos con los puños cerr