El eco de la risa de Diana aún resonaba en el amplio despacho de Ludwig Castillo. La mujer, llena de una euforia mal disimulada, se había apresurado a salir de la oficina, creyendo firmemente que la victoria estaba en sus manos. Yago había entregado el poder, y sus hijos, Joren y Heinz, estaban a punto de tomar las riendas de la compañía. Para Diana, esa era la victoria final, el fruto de años de intrigas y manipulaciones. Su sonrisa de triunfo, su abrazo desmedido, había sido su canto de victo