El silencio en el despacho de Ludwig Castillo era solo el preludio de la verdad. En el tablero de ajedrez de Fabergé, el alfil de Yago se posaba sobre la casilla de la reina de Ludwig, un jaque mate simbólico que resonó en el aire. Yago, con una sonrisa de victoria en sus labios, no pudo evitar reír. Ludwig, un hombre que no se dejaba derrotar fácilmente, también rió. No era una risa de burla, sino de admiración. Un padre orgulloso de la astucia de su hijo.
Con un gesto de respeto, Ludwig acost