La imponente camioneta de Yago se alejaba lentamente de la modesta casa de Nant. El sol de la tarde comenzaba a ceder su lugar a un crepúsculo dorado que pintaba el cielo con tonos anaranjados y violetas sobre el tranquilo barrio. El suave murmullo del motor y el silencioso profesionalismo de Carlos al volante contrastaban con la tormenta de pensamientos que se arremolinaban en la mente de Yago.
Había sido una tarde memorable, llena de calidez y una inesperada conexión con la familia de Nant. E