Carlos detuvo la imponente camioneta de Yago frente a la entrada principal del hotel. Las luces de la marquesina, diseñadas para un efecto de lujo discreto, bañaban la acera con un resplandor ámbar. Yago asintió a Carlos en señal de agradecimiento, una gratitud silenciosa que el chofer entendía perfectamente. Carlos había sido un testigo mudo de la montaña rusa emocional del día, y su discreción era un regalo invaluable. Con un gesto de despedida, Yago salió del coche y se adentró en el lobby.