El suave tic-tac del reloj de pulsera que Nant le había regalado el día anterior resonaba en el silencio del penthouse, o al menos, así le parecía a Yago. No era un sonido real, sino el eco de la conciencia del tiempo que se agotaba. Era una pieza de ingeniería exquisita, con una esfera oscura y manecillas luminosas que brillaban con discreción. Nant había elegido el modelo perfecto, uno que combinaba la elegancia atemporal con una modernidad sutil, y Yago lo había llevado desde el momento en q