Justo en ese momento, cuando Yago estaba por tomar su primer bocado de chilaquiles, el sonido de un teléfono rompió la relativa calma de la suite. No era el suyo. Era el celular de Nant, que había dejado sobre la mesa de cristal. Nant lo miró, una expresión de sorpresa en su rostro. Era su madre.
—Es mi mamá —dijo Nant, un poco extrañada por la llamada tan temprana.
Yago asintió, indicándole que contestara. Nant tomó el teléfono y deslizó el dedo por la pantalla.
—Hola, mami, buenos días —dijo