El coche blindado ascendía por las sinuosas carreteras de los Alpes suizos, un camino que parecía llevar directamente al corazón de las nubes. El silencio dentro del vehículo era espeso, roto solo por el sonido de la respiración rítmica de Elena. Dante, sentado en el rincón opuesto, miraba por la ventana con una palidez que nada tenía que ver con el frío. Sabía que su juego doble había sido detectado por el radar biológico de Elena, y el hecho de que ella no lo hubiera matado aún era lo que más