El sonido de las olas del mar Tirreno rompiendo suavemente contra los acantilados de Positano era lo único que Elena escuchaba al despertar. La luz del sol italiano entraba por los ventanales de una villa de estuco color ocre, iluminando las sábanas de lino blanco. Por un segundo, el horror de la montaña suiza, el gas violeta y el rostro de Sebastián se sintieron como un mal sueño.
Se incorporó lentamente. No sentía dolor. De hecho, se sentía más fuerte, más lúcida que nunca. La integración del