El estruendo de la explosión en la sede aún vibraba en las paredes de la casa cuando el sistema de seguridad saltó. Las luces se apagaron, dejando el salón en una penumbra azulada, interrumpida solo por el brillo rojo de las alarmas.
—Tu hermano tiene razón en una cosa —dijo Dante, tirando del brazo de Mateo para que se agachara tras un sofá cuando una bala atravesó el ventanal de cristal—. Los que vienen a por la "Red B" no son agentes de la ley. Son limpiadores.
—¿Quiénes son? —gritó Mateo, d