La casa de Elena en las afueras de Madrid nunca se había sentido tan silenciosa. Tras la tormenta mediática y la caída de Alejandro, el refugio de paredes blancas y ventanales al jardín era el único lugar donde podían respirar. Mateo estaba en la cocina, intentando preparar un café, moviéndose con una lentitud que delataba el agotamiento físico y mental de las últimas setenta y dos horas.
Elena entró en la estancia, quitándose los pendientes de perlas que había usado para su última declaración