El punto rojo del visor nocturno bailaba sobre la pared de piedra, justo por encima de la cabeza de Mateo. Elena lo vio por el reflejo de una cacerola de cobre colgada junto a la chimenea. El corazón le dio un vuelco, pero no gritó. Tres meses de huida y una noche en el abismo del mar le habían dado algo que Julián no esperaba: nervios de acero.
—Mateo —susurró ella, presionando su mano contra los labios de él para despertarlo—. No te muevas. Nos han encontrado.
Mateo abrió los ojos, la lucidez