La lancha de Roberto rugía sobre las olas negras, saltando como un delfín mecánico mientras las luces del carguero de Julián se convertían en meros puntos en el horizonte. Mateo estaba tendido en la popa, envuelto en mantas térmicas, con la cabeza apoyada en el regazo de Elena. Ella no le soltaba la mano; sus dedos estaban entrelazados con tal fuerza que los nudillos de ambos estaban blancos.
—Hay una cala a diez millas de aquí —gritó Roberto sobre el estruendo del motor—. No hay cobertura, no