La oficina de la Directora General estaba a oscuras, salvo por la luz de la luna que se filtraba por los ventanales. Elena no había dormido. El eco de las palabras de Mateo en el restaurante —tu cuerpo me reconoce— seguía quemándole la piel.
Cuando Mateo entró a las siete de la mañana, cojeando ligeramente más que de costumbre, se encontró con un sobre negro sobre su escritorio. No había saludo. Elena estaba de pie junto a la ventana, dándole la espalda.
—¿Es mi carta de despido? —preguntó Mate