Mundo ficciónIniciar sesiónEl restaurante L’Aube era el epítome del lujo madrileño: luz tenue, violines suaves y una lista de espera de seis meses. Elena estaba sentada frente a Lucas de Santis, quien lucía impecable en un traje de lino azul.
—Eres fascinante, Elena —decía Lucas, rozando la mano de ella sobre el mantel de hilo—. Una mujer que puede manejar una crisis logística y lucir como una diosa de Velázquez al mismo tiempo es... rara.
Elena forzó una sonrisa. Por dentro, su mente seguía en el pasillo de la oficina, recordando la mirada atormentada de Mateo. Estaba a punto de responder cuando el murmullo del restaurante se detuvo de golpe.
El sonido rítmico de un bastón golpeando el suelo de mármol anunció su llegada.
Mateo Valeriano entró en el local. No llevaba su traje de analista. Se había puesto un esmoquin negro que le sentaba como una armadura, y aunque cojeaba ligeramente, caminaba con la arrogancia de un emperador reclamando su tierra.
—Señor, no tiene reservación... —decía el maître, tratando de detenerlo.
—Cárgalo a mi cuenta personal. Compra el restaurante si es necesario, pero quítate de mi camino —gruñó Mateo sin siquiera mirarlo.
Llegó a la mesa y, sin pedir permiso, apartó una silla y se sentó entre Elena y Lucas.
—Mateo, ¿qué demonios haces aquí? —siseó Elena, sus ojos centelleando de furia y vergüenza.
—La Directora General olvidó firmar un documento urgente de aduanas —dijo Mateo, lanzando una carpeta vacía sobre la mesa con total descaro—. Como empleado ejemplar, no podía permitir que esperara hasta mañana.
Lucas de Santis soltó una risa tensa, sus ojos verdes endureciéndose. —Valeriano, creo que no entiendes el concepto de "fuera del horario laboral". Estás interrumpiendo una cena privada.
—Y tú estás interrumpiendo mi paciencia, De Santis —respondió Mateo, inclinándose hacia delante—. He revisado tu historial. Tu última "alianza" en Milán terminó con la Directora General en bancarrota y tú con sus patentes. No vas a tocar mi empresa. Y mucho menos vas a tocar a mi mujer.
—Ex-mujer, Mateo —corrigió Elena, golpeando la mesa con el puño—. No tienes ningún derecho a estar aquí. Vete ahora mismo o llamaré a seguridad.
—Llámalos —desafió Mateo, su voz bajando a un registro ronco y posesivo que hizo que a Elena se le erizara la piel—. Que me saquen a rastras. Pero mientras esté aquí, no vas a poder olvidar ni por un segundo quién fue el primer hombre que te conoció, Elena. Quién sabe que odias el vino tinto y que prefieres el blanco muy frío. Quién sabe que te muerdes el labio cuando intentas parecer dura.
Lucas se levantó, perdiendo la compostura. —Esto es ridículo. Elena, vámonos de aquí. Conozco otro lugar...
—Ella no va a ninguna parte contigo —Mateo también se levantó, apoyándose en su bastón, su cuerpo bloqueando el paso de Lucas—. Porque si das un paso más hacia ella, olvidaré que soy un "analista" y recordaré que todavía tengo amigos en los muelles de Valencia que pueden hacer que tu flota aérea desaparezca de los radares.
La tensión era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Elena miró a ambos hombres: el italiano impecable y el ex-marido herido y furioso. La rabia la consumía, pero una parte traicionera de su corazón latía con fuerza por la exhibición de celos de Mateo.
—Basta —dijo Elena, poniéndose de pie con una calma gélida—. Lucas, lo siento. La cena se terminó. Mateo... has conseguido lo que querías. Has arruinado mi noche.
—Elena, déjame acompañarte... —intentó Lucas.
—He dicho que basta —ella tomó su bolso—. Me voy sola. Y mañana, Mateo... mañana vas a desear no haber salido de tu cubículo.
Elena salió del restaurante como un huracán de seda crema. Mateo se quedó allí, respirando con dificultad, sintiendo el dolor punzante en su pierna y el vacío en su pecho.
Lucas lo miró con desprecio. —Has ganado esta batalla, Valeriano. Pero la has perdido a ella. Mírate... eres un patético recuerdo de lo que solías ser.
Mateo sonrió, una sonrisa oscura y sangrienta. —Puede que sea un recuerdo. Pero soy el único recuerdo que ella nunca podrá borrar.







