El restaurante L’Aube era el epítome del lujo madrileño: luz tenue, violines suaves y una lista de espera de seis meses. Elena estaba sentada frente a Lucas de Santis, quien lucía impecable en un traje de lino azul.
—Eres fascinante, Elena —decía Lucas, rozando la mano de ella sobre el mantel de hilo—. Una mujer que puede manejar una crisis logística y lucir como una diosa de Velázquez al mismo tiempo es... rara.
Elena forzó una sonrisa. Por dentro, su mente seguía en el pasillo de la oficina,