Miranda estaba a punto de apagar la lámpara de la mesita de noche, intentando encontrar algo de paz en el sueño, cuando la puerta de su habitación se abrió de golpe.
El sonido la hizo saltar en la cama, protegiéndose el brazo herido por instinto. Allí, en el umbral, recortado por la luz del pasillo, estaba Alec. Se veía terrible. La camisa blanca estaba desabotonada y manchada de licor, el cabello revuelto como si se hubiera pasado las manos por él mil veces, y sus ojos azules estaban inyectad