Apenas Edward salió de la habitación, dejando tras de sí un rastro de inocencia que se disipó rápido en el aire viciado de tristeza, el teléfono de Miranda comenzó a vibrar sobre la mesita de noche.
Era Vera. Su amiga, siempre con un sexto sentido para los momentos de crisis, no había tardado en enterarse de su regreso.
—¡Miranda! —exclamó Vera al otro lado de la línea, con la voz llena de alivio y energía—. Por fin te han dado el alta. ¡Quiero saberlo todo! Dime que ya estás instalada y que te