Beatrice apenas podía mantenerse en pie. En su lujosa pero solitaria habitación de hotel en París, la botella de vino vacía rodaba por la alfombra mientras ella sostenía otra a medio terminar. El alcohol nublaba su vista y arrastraba sus palabras, pero su mente, retorcida y paranoica, seguía maquinando.
Marcó el número. Era una llamada internacional que cruzaría el océano para detonar una bomba.
Elizabeth Radcliffe vio la pantalla de su celular iluminarse con un número desconocido. Frunció el c