Vera medía el salón de su casa con pasos inquietos, incapaz de quedarse quieta. La preocupación, que había comenzado como un leve susurro, ahora era un grito ensordecedor en su mente. Había intentado comunicarse con Miranda por todos los medios: llamadas, mensajes de texto, correos de voz. Pero no había obtenido respuesta alguna. El silencio de su amiga era absoluto y aterrador.
—¿Y si voy a su casa? —se preguntó en voz alta, mordiéndose una uña. Pero dudó. ¿Y si estaba metiendo sus narices don