El olor a antiséptico y el zumbido de las luces fluorescentes estaban volviendo loco a Alec. Caminaba de un lado a otro en la sala de espera privada del hospital como un animal enjaulado, con la camisa arrugada y manchada con una gota de sangre de Miranda que le había quedado en la mano al ayudar a los paramédicos. Cada segundo que pasaba sin noticias era una tortura.
Finalmente, las puertas dobles se abrieron y salió un médico de aspecto serio, quitándose la mascarilla quirúrgica.
—¿Familia